Empezamos a sentir que no hay exceso de mundo, sino “deber de mundo”. Acudimos a los sitios que vemos fotografiados en las redes sociales y la repetición de esas fotos se convierte en una misión a cumplir, una especie de deber que nos autoimponemos.
No podemos olvidar que, en la hipermodernidad, toda configuración de una identidad exitosa, lleva consigo ligada la figura de un avatar ideal.
Sin darnos cuenta, aquello que nos caracterizaba como sujetos, lo que nos convertía en una comunidad singular, empezó a perderse, hibridándose con una serie de costumbres forasteras (Halloween, Papá Noel,...) que se insertaron en nuestro ADN con tanta potencia que en un breve periodo de tiempo perdimos nuestra singularidad.
La identidad te encierra, te limita, pero sobre todo te condiciona pudiendo llegar al extremo de la represión. Asimilar una identidad de manera inconsciente, es asumir un modo de comportarte, de pensar, de sentir y de ver la vida, que no deja espacio a otros “modos del ser”.